Buscando qué… 11/04/2019

Estoy revisando fotografías de un ayer y muchas de ellas son en blanco y negro. Me veo bebé, crío, adolescente, joven, adulto y maduro; evidentemente, en algunas no estoy solo, y también hay diferentes personas que ya no habitan esta realidad.
Aunque la melancolía me inunda, doy las gracias y me siento agradecido por haber nacido y estar vivo; y lo expreso también por la familia que me ha tocado y toca, sin olvidarme de mis antepasados; y lo hago por todos los amigos, conocidos y personas que se han cruzado en mi caminar por la vida; e igualmente doy las gracias y me siento agradecido por todos los lugares donde he vivido y las experiencias que me han conformado tal como soy al día de hoy.
Me percibo como un viajero en evolución, y lo repito en exceso porque es la definición personal con la que más me identifico.
De alguna manera, cuando observo todos aquellos rostros familiares, voy a la búsqueda de algo muy profundo, intento conectar con una esencia que mi mente no puede racionalizar. Los veo y me veo a mí mismo. Es indisoluble. Si oigo a “esa esencia”, me dice: deja de buscar. Lo que quieres hallar ya lo eres. Y ocurre en los escasos instantes en los que aquieto “mi cotorra” y me sitúo en el silencio.
Me resuena que vivimos experiencias y vamos de un sitio a otro a la búsqueda de algo que creemos no poseer. Hay una cierta necesidad de aprender cuando en realidad es más que probable que debamos desaprender. Somos viajeros en evolución todavía muy primitivos.
Cuantas sensaciones indescriptibles me trasmiten las caras familiares… Y cada una de ellas con una mochila de vida cargada de millones de momentos que quedarán grabados en algún lugar del espacio que nos rodea. Magia a borbotones. Todas nacieron y estuvieron o están vivas. Y no todas dieron las gracias y lo agradecieron.
Avanzo en mi caminar repleto de sombras del pasado, y unas pesan más que otras. Cuanto más diferente quiero ser de ellas, más me parezco. Y me sucede porque no hago las paces y las acepto como esa parte indisoluble de mí mismo. Al hacerlo, perdonarlas y perdonarme a mí mismo, se disuelven multitud de conflictos internos. Ignorarlas, es el agujero negro más grande que puede existir en el universo.
La búsqueda que tanto me inquieta está tatuada en mi ADN, igual que lo estaba con el primer homínido y especies posteriores humanas que aparecieron sobre la faz de la Tierra. Mientras vivamos en esta realidad física dual que nos rodea, no habrá tregua; el anhelo se disolverá al cruzar el umbral que nos separa del más allá.
Los científicos acaban de publicar la primera fotografía de un agujero negro que se halla a 55 millones de años luz con una masa de 6.500 millones de soles, y se teoriza sobre la posibilidad de que el Big Bang o Gran Explosión se originaran en el interior de uno de ellos.
Cuanta teoría y cuanta ilusión. Maya, según la filosofía del yoga, y Matrix, según el mundo del cine. La realidad exterior es como la ven mis propios ojos y la interpreta mi cerebro. El quid de la cuestión se repite siempre… ¿Cuántas posibles interpretaciones se pueden realizar sobre un supuesto mismo hecho?
Y también me resuena que los átomos que conforman mi cuerpo físico son los mismos que componen el corazón del monstruoso agujero negro que se halla en la galaxia M87. Tan lejos y tan cerca. Puede que no tenga que llegar a ese punto para encontrar lo que mi corazón anhela conseguir.
Muchas miradas de las fotografías que revisaba me trasladan a sitios inimaginables, tanto como a este sorprendente agujero negro situado en una de las tantas galaxias que pululan por el cosmos. A veces, tan solo cerrando los ojos y respirando, me desvanezco y convierto en materia que viaja en un instante a millones de años luz. Y ese preciso momento, la búsqueda desaparece, porque no pienso, soy.
Me pregunto a mí mismo: ¿dónde estarán todas esas personas que mi retina identifica en un trozo de papel y que desaparecieron de esta realidad? Y el profundo anhelo al que no le puedo poner palabras aparece para, en ocasiones, desbordarme.
Una sensación que igualmente me resuena es que, igual que existe la mirada humana, hay un gran ojo que observa todo lo que sucede. Y para él no existe ni el bien ni el mal, porque sean cuales sean las experiencias que vivimos, son necesarias para nuestro caminar y evolución personal, que no es otra que la de la propia Humanidad.
La separación temporal que existe desde que los primeros antepasados humanos comenzaron a caminar desde África hasta el día de hoy, es mínima, aunque pensemos lo contrario. Ellos salieron a la búsqueda de algo, y ese algo sigue incitándonos a continuar en movimiento. Y si conecto con el gran ojo que lo observa todo, veo a la Tierra como un ser vivo más desplazándose a una velocidad vertiginosa por el espacio. E igualmente va a la búsqueda de algo.
Mi humilde consciencia atisba un sencillo destello de quien realmente soy y no tiene nada que ver con lo que perciben mis sentidos humanos.
Lo que a veces busco con tanto anhelo va conmigo y está en mi interior, lo que ocurre es que no tengo ojos para verlo, aunque sí para sentirlo cuando mi corazón late al mismo son que el agujero negro de la galaxia M87.

Banyeres del Penedés, Tarragona, a 11 de abril de 2019.

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